Alérgenos alimentarios: cómo identificarlos en las etiquetas

Los alérgenos alimentarios son uno de los elementos que más dudas genera actualmente para muchos consumidores, ya que con el paso de los años cada vez se diagnostican un mayor número de alergias e intolerancias alimentarias debido al auge de las técnicas de detección de estos problemas.

En este sentido, encontramos en los alérgenos un elemento confuso para muchas personas, ya que pueden ser difíciles de identificar en el etiquetado de los productos que vemos en el supermercado.

Qué es un alérgeno alimentario

En general, podemos calificar como alérgeno alimentario a cualquier componente o sustancia propia de los alimentos capaz de desencadenar una reacción adversa e indeseable en el organismo humano. Los síntomas de esta reacción pueden variar en intensidad y forma, siendo muy características las erupciones cutáneas, enrojecimiento de la piel, falta de aire y asfixia en los peores casos.

En este sentido, podemos diferenciar los síntomas que provocan las alergias y las intolerancias alimentarias, ya que estas últimas no suelen ser tan contundentes ni agudas, sino que suelen estar más relacionadas con problemas a nivel digestivo. Igualmente hay que prestarles atención, por supuesto.

Los 14 alérgenos de obligado etiquetado

A pesar de que cualquier componente de los alimentos puede causarnos una alergia o intolerancia, existen algunos que lo hacen de forma más frecuente (al menos en la Unión Europea).

Por ello, la legislación europea cataloga 14 compuestos como alérgenos de obligado etiquetado en el envase de los alimentos. Estos 14 alérgenos de obligado etiquetado son: cereales que contienen gluten, crustáceos, huevos, pescado, cacahuetes, soja, lácteos, frutos secos de cáscara, apio, mostaza, sésama, sulfitos, altramuces y moluscos.

Como decía, esto no quiere decir que otros compuestos no puedan desencadenar problemas de salud asociados a una alergia o intolerancia. De hecho, muchas frutas o verduras también se relacionan con alergias, pero como ves no aparecen en este listado. Esto es debido a que realmente no suponen un porcentaje de casos lo suficientemente relevante en el total de la Unión Europea.

Respecto a cómo identificarlos, es obligatorio que los alérgenos aparezcan resaltados en el etiquetado alimentario. Habitualmente solemos verlos representados por letras en negrita, cursiva o mayúscula que sirven para destacar su nombre por encima del resto de ingredientes. De esta forma se pueden localizar de forma mucho más sencilla, así las personas con alergias e intolerancias lo tienen bastante más fácil.

¿Y qué pasa con las trazas?

Las trazas son también un gran misterio para la mayoría de consumidores, ya que no sabemos exactamente qué representan en la mayoría de casos. Pueden confundirse a menudo con los propios alérgenos. Y, aunque hacen referencia a los mismos componentes, realmente significan algo distinto.

Generalmente, las trazas se utilizan cuando no se puede garantizar la ausencia de un alérgeno durante un proceso de producción de alimentos. Por ejemplo, si en la misma fábrica se producen alimentos con gluten y productos que no deberían tener gluten en sus ingredientes, entonces estos últimos deben indicar las trazas de gluten para evitar posibles contaminaciones cruzadas.

Lo que pocas personas saben es que realmente no hay una obligación legal como tal de mencionar las trazas en el etiquetado alimentario. Realmente, las trazas se utilizan a modo preventivo para evitar esas posibles contaminaciones cruzadas y los problemas que estos pueden causar.

Así, si una persona es alérgica o intolerante a una de las 14 sustancias podrá detectar fácilmente que esta se encuentra en el producto y descartar comerla por el bien de su salud. Por otro lado, el resto de personas que no tienen alergias e intolerancias podrán consumir el producto sin ningún tipo de problema para su salud.

El problema de las trazas es que muchas veces se utilizan de manera indiscriminada. Es decir, muchas empresas ponen todas las trazas posibles en lugar de asegurarse de aplicar eficientes protocolos de limpieza y desinfección entre las diferentes etapas de procesado, y esto puede suponer un problema. De hecho, para muchas personas, el uso de las trazas de esta forma supone una práctica de dudosa ética. Realmente puede desinformar al consumidor acerca del contenido real de ciertos ingredientes en los alimentos, por lo que debería vigilarse más y ser regulado debidamente por la legislación.

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Dátiles: 5 motivos para comerlos

Los dátiles son uno de los alimentos con mayor popularidad en los últimos tiempos, ya que se han convertido en una alternativa saludable al azúcar refinado en infinidad de productos y recetas dulces.

Por ello, los dátiles presentan una serie de ventajas nutricionales bastante interesantes. Aún así, debemos recordar que son un alimento bastante calórico, por lo que su consumo debe ser moderado y adaptarse a nuestro estilo de vida y a la frecuencia con la que practicamos actividad deportiva.

  • Tienen un alto contenido en fibra. La fibra dietética nos ayuda a regular el tránsito intestinal, así como a incrementar nuestra saciedad o sensación de llenado en el estómago. Por ello, los dátiles se convierten en un gran aliado para controlar nuestro apetito. Respecto al contenido en fibra dietética, los dátiles nos aportan unos 7,1 gramos de fibra por cada 100 gramos de alimento.
  • Son ricos en potasio. Este mineral cumple con importantes funciones en el organismo, como por ejemplo contribuir al correcto funcionamiento del sistema nervioso. También ayuda a la contracción de nuestros músculos y a que el ritmo cardíaco se mantenga constante. Por otro lado, interviene en ciertos procesos metabólicos a nivel celular que se encargan del transporte de nutrientes. Los dátiles destacan con un contenido abundante de magnesio, aproximadamente 677 mg por cada 100 gramos de alimento.
  • También tienen cantidades interesantes de magnesio. El magnesio también interviene y ayuda a desempeñar correctamente ciertas funciones a nivel del sistema nervioso. Además, ayuda a mantener un sistema inmunitario saludable, mantiene constantes los latidos del corazón y ayuda a que nuestros huesos permanezcan fuertes. La cantidad de magnesio presente en los dátiles es de 58 mg por cada 100 gramos de alimento.
  • Destaca en niacina o vitamina B3. Esta vitamina perteneciente al grupo B nos ayuda a mantener un correcto funcionamiento del aparato digestivo, la piel y también los nervios. Por otro lado, también interviene en muchas reacciones metabólicas que transforman los alimentos que ingerimos en energía. La cantidad de niacina aportada por los dátiles es de 1,7 mg por cada 100 gramos de alimento.
  • Alto en energía y recomendado para deportistas. Algo que podría ser negativo en algunos grupos de la población, como por ejemplo personas con exceso de peso, puede llegar a ser beneficioso en otros colectivos. Este es el caso de los dátiles y los deportistas, ya que al ser un alimento calórico saludable puede ayudar a obtener mucha energía de forma sencilla para afrontar rutinas deportivas muy exigentes e intensas. Los dátiles aportan una cantidad aproximada de 288 Kcal por cada 100 gramos de alimento.

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¿Por qué es importante mantener la cadena de frío?

“¡No rompas la cadena del frío!” Seguro que esta frase resuena en la cabeza de más de una persona, ya que es algo que venimos escuchando desde nuestra infancia en relación a la conservación de los alimentos.

Y es normal, ya que el frío es un elemento muy importante que permite que nuestra comida dure más tiempo y en mejores condiciones. Pero, ¿sabes por qué realmente el frío prolonga la vida útil de los alimentos?

Qué es la cadena del frío

Cuando hablamos de “cadena del frío” hacemos referencia a mantener en todo momento los alimentos que necesitan frío dentro de la nevera, o bien a que estos permanezcan el menor tiempo posible a temperatura ambiente. Al menos este es su significado en el ámbito más cotidiano.

Si hablamos a nivel de industria, lo cierto es que mantener la cadena del frío se convierte en una tarea fundamental. La industria alimentaria debe garantizar en todo momento la correcta conservación de los alimentos. Esto hace referencia a todas las etapas del proceso de producción de alimentos: desde que se fabrican, producen, envasan y distribuyen, pasando por el mercado y supermercado, hasta que llegan a nuestra mesa.

Pero, ¿realmente el frío es tan importante para conservar la comida? Lo cierto es que sí lo es, ya que minimiza las posibilidades de que suframos intoxicaciones alimentarias.

La importancia del frío en la conservación de alimentos

Lo cierto es que mantener los alimentos en frío es mucho más importante de lo que parece, de hecho en la industria alimentaria es algo que se vigila hasta el más mínimo detalle.

Esto es debido a que la temperatura, junto al tiempo, es una de las variables clave que intervienen en los procesos de conservación de los alimentos, y va ligada al posible desarrollo de microorganismos patógenos.

Como sabrás, en la naturaleza existen multitud de microorganismos. Algunos pueden ser beneficiosos para nuestros organismo, de hecho muchas especies forman parte de nosotros a través de la microbiota. Sin embargo, también existen otros microorganismos que son llamados patógenos porque son capaces de provocarnos enfermedades a través de las intoxicaciones alimentarias.

Estos microorganismos son capaces de desarrollarse en un rango muy amplio de temperatura, e incluso algunos también lo hacen en temperaturas de refrigeración. Sin embargo, no es el caso de la mayoría, donde ven ralentizada su actividad y multiplicación gracias al efecto del frío. En el caso de la congelación, la actividad de los microorganismos se ve paralizada, por eso duran tanto tiempo los alimentos congelados.

Por todo esto, resulta sumamente importante que ciertos alimentos y productos sean conservados en el frigorífico. Estamos hablando de los platos preparados o sobras de comida, los alimentos o conservas una vez abiertos o desprendidos del envase, y también aquellos alimentos y materias primas que por su sensibilidad necesitan frío en todo momento, como los alimentos crudos y vegetales ya cortados y desprovistos de su cáscara o corteza.

Los alimentos se degradan de forma natural

Además de los microorganismos, los alimentos también sufren procesos naturales de degradación que pueden verse incrementados con factores ambientales como la humedad, luz o temperatura. Algunos de ellos son la oxidación, la pérdida de peso por evaporación de agua, o la putrefacción en casos más extremos. En algunos de estos procesos pueden intervenir los microorganismos, pero en otros no necesariamente.

Por normal general, se recomienda que los alimentos y productos que necesitan frío no permanezcan más de dos horas a temperatura ambiente. Sin embargo no existe una cifra mágica. Lo ideal es refrigerar los alimentos cuanto antes, sobre todo cuando volvemos de la compra. Este suele ser uno de los puntos más críticos que puede echar a perder nuestra comida.

Por otro lado, también debemos tener en cuenta las épocas del año que ven incrementadas las temperaturas, como es el caso del verano. En estos periodos el almacenamiento de alimentos en el frigorífico cobra más importancia todavía, así que debemos llevar cuidado con no dejar ciertos productos demasiado tiempo fuera de la nevera. De esta forma estaremos evitando la multiplicación de los posibles microorganismos patógenos que hayan llegado a los alimentos debido a una mala manipulación en casa o algún despiste higiénico. Siempre es mejor ser todo lo precavidos que podamos en estos casos para evitar intoxicaciones alimentarias.

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Sin azúcar añadido: ¿qué significa realmente?

Seguro que alguna vez te has preguntado si toda la información que aparece en el etiquetado de los alimentos es correcta, y también si está controlada de alguna forma o bien si las empresas pueden poner lo que quieran para llamar nuestra atención.

Muchas veces parece que es así, ya que el bombardeo del marketing y la publicidad en los productos de peor calidad nutricional es constante. Incluso en los productos dirigidos a la población infantil, el grupo más vulnerable a este tipo de ultraprocesados.

Sin embargo, lo cierto es que algunos reclamos del envase sí que están debidamente regulados y solamente pueden indicarse si se cumplen ciertas condiciones. Uno de ellos es el término “sin azúcar añadido” que hace referencia a uno de los ingredientes más polémicos en los últimos años: el azúcar.

¿Qué significa sin azúcar añadido?

Según el Reglamento de la Unión Europea 1924/2006 relativo a las declaraciones nutricionales y de propiedades saludables en los alimentos, el reclamo “sin azúcar añadido” es una de las frases que puede indicarse de forma voluntaria en el etiquetado de los alimentos para destacar esta característica.

Para poder hacerlo, el producto en cuestión debe cumplir con algunos requisitos fundamentales que marca la legislación. Concretamente, solo puede declararse que no se han añadido azúcares a un alimento, así como efectuarse cualquier otra declaración que pueda tener el mismo significado para el consumidor, si no se ha añadido al producto ningún monosacárido ni disacárido, ni ningún alimento utilizado por sus propiedades edulcorantes.

Este último punto resulta muy importante, ya que en ocasiones algunos fabricantes añaden miel o zumos de frutas a un producto y siguen utilizando el reclamo “sin azúcares añadidos”. Esto incumple la legislación, ya que como he comentado no puede utilizarse esta declaración en un producto que utilice alimentos con propiedades endulzantes.

Azúcares naturalmente presentes

Por otro lado, es habitual que encontramos una coletilla en el etiquetado relacionada con la presencia natural de azúcares que tienen algunos alimentos.

Esto se hace porque, al utilizar el etiquetado de “sin azúcares añadidos” y revisar la tabla de valoración nutricional, podemos encontrar en el apartado de azúcares justo debajo de los hidratos de carbono cierta cantidad de azúcares.

Es importante matizar que el producto solamente contiene azúcares naturalmente presentes, como los que puede tener una fruta en su interior, un azúcar que en principio será saludable. Otro asunto es si estamos hablando de zumos de frutas o miel, en cuyo caso estaremos ante azúcares libres, considerados insanos por instituciones de referencia como la OMS.

El problema de los edulcorantes

Realmente, que un producto no tenga azúcares añadidos es algo positivo para nuestra salud. Sin embargo, la triste realidad es que en la mayoría de ocasiones estos productos suelen sustituir el azúcar por edulcorantes que siguen manteniendo el sabor dulce del alimento.

Como ya he contado en varias ocasiones, los edulcorantes hacen que sigamos enganchados al sabor dulce ya que alteran nuestro umbral del dulzor. Esto provoca que sigamos consumiendo productos dulces de mala calidad nutricional a lo largo del tiempo, ya que seguimos dependiendo de su dulzor en exceso sin disfrutar de los auténticos sabores de la comida.

Además, los edulcorantes de tipo polialcohol pueden ser perjudiciales para nuestra microbiota intestinal. Su consumo se relaciona con una peor calidad de la comunidad de microorganismos que conviven con nosotros, por lo que su consumo es más que desaconsejable. De hecho, es obligatorio por legislación indicar una muletilla de “su consumo excesivo produce efecto laxante” en los productos que contienen cierta cantidad de polialcoholes.

¿Sirve realmente el “sin azúcar añadido”?

Podríamos pensar que utilizar este reclamo es algo positivo en general para que los consumidores estemos mejor informados, o al menos para que podamos obtener una idea general del producto que tenemos enfrente antes de echarlo al carrito de la compra.

Sin embargo, lo cierto es que el reclamo “sin azúcar añadido” se utiliza mayormente en productos de una pobre calidad nutricional, como snacks, dulces, bollería, refrescos, golosinas y un listado sinfín de productos similares.

Por ello, realmente nos importa poco si estos productos tienen o no azúcares añadidos, ya que con una alta probabilidad contendrán edulcorantes que nos seguirán enganchando al sabor dulce y que, en definitiva, no aportarán ningún nutriente de interés a nuestro organismo.

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¿Por qué son interesantes los probióticos «con la llegada del frío»?

Nuestra salud puede verse atacada con mayor facilidad en otoño/invierno, época donde las infecciones respiratorias como la gripe o el resfriado cobran mayor protagonismo que nunca.

Por ello, fortalecer nuestro sistema inmunitario se convierte en una prioridad si queremos minimizar la incidencia de enfermedades durante esta época del año concreta. Una forma interesante de hacerlo es mediante los probióticos, seguro que te suena este término.

Qué son los probióticos

El término “probióticos” hace referencia a un grupo de microorganismos que presentan beneficios protectores hacia nuestra salud. Es decir, son microorganismos vivos.

Realmente, el ser humano está hecho de microbios. Tanto es así que un gran porcentaje de nuestro organismo está poblado por ellos, sobre todo en las zonas del aparato digestivo como el intestino delgado y grueso. Esto es lo que se conoce por microbiota, la comunidad de microorganismos que forman parte de nuestro cuerpo y tienen mucho que ver con nuestro estado de salud.

Si nuestra microbiota está alterada es más fácil que se produzcan problemas de salud. Ahí es donde la ciencia está poniendo el foco durante los últimos años para seguir descubriendo más acerca de la relación entre la microbiota y nuestro estado de salud.

Por ello, tomar un suplemento de probióticos puede ayudarnos a mantener en buen estado nuestra microbiota, ya que estaremos añadiendo especies bacterianas de interés a nuestro organismo.

Mayores infecciones respiratorias

Como decía, durante el otoño e invierno aumentan los casos de infecciones respiratorias en comparación con otras épocas del año. Esto se produce por varios motivos, como por ejemplo el propio efecto del frío en nuestro organismo, que puede irritar las mucosas de nuestra nariz dificultando que cumplan con su papel protector frenando la entrada de microorganismos patógenos al cuerpo humano. El frío también produce el estrechamiento de nuestros vasos sanguíneos, dificultando el movimiento de las células defensoras del sistema inmune.

También pasamos muchas más horas en casa, con familiares, amigos, en espacios cerrados para protegernos del frío y la transmisión de virus o bacterias perjudiciales es mucho mayor en las épocas de frío que en verano.

Fortalecer nuestro sistema inmune

La ingesta de probióticos nos ayuda a mantener una microbiota fuerte y estable frente a las infecciones que suceden mayormente en otoño e invierno.

Generalmente, la mejor opción es tomarlos como suplemento alimenticio por su comodidad y posibilidad de seleccionar las cepas más beneficiosas para el organismo humano. Además conseguimos en un única cápsulas miles de millones de estos probióticos, microorganismos vivos.

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¿Hay que hacer 3 o 5 comidas?

Cuántas comidas diarias debemos hacer siempre ha sido una de las grandes incógnitas para la población en lo que a nutrición se refiere. Y no es para menos, ya que existen muchos dichos populares y creencias tradicionales que nos han hecho creer durante muchos años que el desayuno es la comida más importante del día, por ejemplo.

¿El desayuno es la comida más importante del día?

“Desayuna como un rey, come como un príncipe y cena como un mendigo”. Seguro que has escuchado esta frase destinada a marcar como prioritaria la primera ingesta del día. Por otro lado, también se nos ha dicho durante muchos años que lo mejor para estar saludables es hacer 5 comidas al día: desayuno, almuerzo, comida, merienda y cena.

Pues bien, ninguna de las dos opciones es obligatoria para no todo el mundo ni tiene por qué convertirse en un dogma. Lo cierto es que tanto priorizar la ingesta calórica en las primeras horas del día como repartir los alimentos en diferentes ingestas variadas tiene mucha lógica.

En el caso del desayuno, porque así nuestro cuerpo tendrá más energía desde primera hora para desempeñar sus funciones vitales, y en el caso de las 5 comidas porque así comeremos de forma repartida y en menores cantidades, supuestamente.

No todo el mundo tiene las mismas necesidades

Sin embargo, estos razonamientos solamente se quedan en la punta del iceberg, pues obvian detalles tan importantes como la individualización. Es decir, que cada individuo puede tener unas necesidades distintas y que no todos los humanos tenemos por qué comer de la misma forma.

Habrá personas que disfruten con el desayuno y que para ellos sea una comida fundamental, pero puede que otros no tengan el tiempo suficiente para hacerlo o que sencillamente no tengan ganas de comer en las primeras horas del día, y esto no tiene por qué traducirse en malos hábitos saludables.

Como decía, lo más importante es que nuestra dieta se adapte a nuestro estilo de vida, y no al revés. Es decir, que si tenemos poco tiempo porque trabajamos muchas horas fuera de casa, seguramente podemos hacer entre 3 y 5 comidas diarias en función de nuestra rutina y no habrá problema. Lo importante es que esas comidas estén basadas en alimentos saludables, y no en porquerías llenas de calorías vacías. De lo contrario, poco importará el número de veces que comamos si siempre lo hacemos mal.

Mi recomendación personal, por mi experiencia en consulta, es que es mucho más fácil el reparto de calorías y nutrientes en 5 comidas. Muchísimas pacientes por no hacer merienda, llegaban a casa devorando, y era cuando se pasaban con las cantidades. Pero, no es una regla general, como mejor te apañes.

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¿Existe el corte de digestión?

Desde hace muchos años se nos ha dicho que debemos guardar cierto tiempo de reposo después de comer y antes de bañarnos, sobre todo en épocas veraniegas en relación con la playa y las piscinas.

Sin embargo, el corte de digestión como tal no existe realmente. No es un engaño del todo, ya que sí puede darse un problema de salud asociado a los baños bruscos y relacionado con la temperatura del agua.

Qué pasa con el corte de digestión

Como decía, el corte de digestión no existe realmente. Cuando consumimos alimentos, nuestro organismo ejerce cierto esfuerzo para poder digerir y asimilar correctamente todos los nutrientes a partir de los alimentos, y esto puede llevar asociado un aumento de la temperatura en el aparato digestivo.

Sin embargo, y a pesar de la creencia popular, la digestión no se corta o paraliza cuando nos bañamos. Por ello, realmente podemos decir que el corte de digestión no existe, sino que se trata de un mito. Realmente deberíamos hablar de hidrocución, un trastorno relacionado con la inmersión acuática y la temperatura corporal, pero que no es exclusivo de la ingesta de alimentos.

Qué es el síndrome de hidrocución

La hidrocución es un síncope provocado por el cambio brusco de temperatura en el organismo cuando contactamos con agua muy fría o muy caliente, en relación a nuestra temperatura corporal.

Los síntomas de la hidrocución son dolor de cabeza, palidez, zumbido de oídos, visión borrosa, vómitos y náuseas, que pueden acarrear en los peores casos la pérdida del conocimiento. Además, existe un riesgo real de muerte por ahogamiento si nadie nos socorre y sufrimos este problema dentro de la piscina o del mar por la pérdida de conocimiento.

Por qué se relacion con la digestión

Aunque no es algo exclusivo de la ingesta de alimentos, el síndrome de hidrocución sí que guarda cierta relación ya que después de comer nuestro organismo concentra grandes cantidades de sangre en el sistema digestivo para llevar a cabo la absorción de nutrientes, vitaminas y minerales.

Esto provoca que la temperatura de nuestro cuerpo aumente. Si nos bañamos de forma inmediata, sumergiéndonos de golpe o en aguas muy frías, corremos el riesgo de padecer este síndrome que erróneamente se relaciona con un corte de digestión como decía.

Por “culpa” de la actividad física también podemos sufrir un síndrome de hidrocución, ya que es un momento especial donde nuestro cuerpo aumenta bastante la temperatura. El deporte también provoca un cambio rápido de la temperatura de nuestro cuerpo, por lo que corremos el riesgo de sufrir los mismos problemas que después de una abundante comida.

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¿Por qué «light» no es igual a más saludable?

Hablar del etiquetado de los alimentos siempre es complicado, ya que existen muchos reclamos que generan ciertas dudas en cuanto a su utilidad en relación a la información real que proporcionan al consumidor en materia de nutrición y seguridad alimentaria.

Y es normal, ya que identificar qué información del etiquetado es correcta, cuál está regulada por la legislación y cuál no, es bastante complicado para el usuario promedio.

En el etiquetado alimentario actual encontramos mucho marketing que nos confunde y hace que no podamos separar la información verdadera de aquella que solo busca maquillar y ensalzar el producto para vender más.

Qué son las declaraciones nutricionales

Algunos de los términos que sí se encuentran regulados por la legislación son las conocidas “declaraciones nutricionales”. Estas palabras o grupo de palabras hacen referencia al contenido destacado en ciertos nutrientes que puede relacionarse con beneficios para la salud humana tras su consumo.

Algunas de estas declaraciones hacen hincapié en el contenido elevado de ciertos nutrientes, como por ejemplo “alto en proteínas” o “alto en fibra”. También encontramos otras declaraciones como “fuente de fibra” o “fuente de proteínas”, donde también se destaca el contenido del nutriente pero en menor grado.

Por otro lado, otras declaraciones nutricionales hacen referencia al bajo valor de ciertos nutrientes, normalmente relacionados con problemas hacia la salud. Estamos hablando de “bajo en grasa” o “valor energético reducido” o “sin azúcar”, entre muchos otros.

¿Y qué significa entonces “light”?

Dentro de este grupo encontramos la declaración “light”, que según la legislación equivale a la misma definición que se utiliza en la mención “contenido reducido” y debe ir acompañada de una indicación que especifique de forma exacta cuál es la característica que hace que el alimento sea “light”. Es decir, si es “light” por tener menos grasa o menos calorías, por ejemplo. Esto no debe ser confuso en ningún caso, y debe ser fácilmente identificable en el etiquetado alimentario.

¿Y qué dice exactamente la mención de “contenido reducido”? Pues, básicamente, que se puede utilizar cuando existe una reducción del 30% de un nutriente en concreto respecto a la versión original del producto a comparar. Por definición no especifica si se refiere a las calorías, las grasas u otro elemento. Por eso en la definición de “light” se nos dice que debe ir acompañado de la característica a la que se aplica dicha reducción.

¿Esto hace al producto “light” saludable?

En la práctica, un producto etiquetado como “light” suele tener un 30% menos de calorías o grasa que su versión original. ¿Y esto lo convierte en un producto saludable? Pues no necesariamente, ya que la mención “light” solemos encontrarla en patatas fritas, bollería y elementos similares, y no en frutas o verduras.

Por ello, aunque exista una reducción del 30% en el número de calorías procedentes de ingredientes insanos, el alimento o producto alimenticio seguirá siendo de una pobre calidad nutricional. Debemos fijarnos siempre en la calidad de las materias primas que componen un alimento, y no tanto en las cifras de los nutrientes o en algunos reclamos como este, que a pesar de estar regulado por la legislación europea puede llegar a confundirnos en lugar de ayudarnos a tomar decisiones de compra saludables.

En este sentido, es muy importante que identifiquemos correctamente cuáles son los productos que contienen el reclamo “light” y hagamos una valoración correcta de los mismos. Muchas veces es preferible consumir un producto insano de forma esporádica a consumir uno “light” de forma continuada en el tiempo, ya que las posibilidades de que nuestra salud empeore a raíz de su consumo serán mayores.

Este es otro de los problemas que plantean los productos “light”, la pérdida de la percepción de que el producto es igualmente insano. Bajo una falsa confianza y un halo de salud es más fácil incrementar el consumo de productos como bollería, patatas fritas o refrescos “light” sin apenas darnos cuenta, ya que creemos que son más sanos. Esto, en el cómputo global de la dieta, puede provocar que nuestro patrón alimentario sea de pésima calidad nutricional y que desplace el consumo de alimentos saludables y ricos en nutrientes como las frutas y verduras, legumbres, frutos secos, semillas, y cereales integrales.

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¿Son seguros los aditivos?

Los aditivos alimentarios son sustancias que generan mucha incertidumbre y desconfianza en el consumidor. Y es normal, ya que existe mucho desconocimiento sobre qué son exactamente, cómo están regulados y cuál es su propósito en la industria alimentaria.

Qué son los aditivos alimentarios

Los aditivos son sustancias añadidas con un propósito tecnológico concreto. No pueden añadirse “porque sí” ni de cualquier forma, todo su proceso de utilización está estrechamente regulado a nivel legal por parte de la Unión Europea.

Este matiz es importante, ya que para usar un aditivo esta sustancia debe estar aprobada legalmente y contar con un registro, el famoso número que acompaña a la letra “E” en el etiquetado. Si un aditivo tiene este registro, quiere decir que es apto para el consumo.

Muchos aditivos son prescindibles

Existen muchos tipos de aditivos diferentes, cada uno destinado a una función específica. Desde colorantes, edulcorantes o espesantes hasta conservantes o antioxidantes.

Algunos son muy importantes para mantener a raya a los patógenos, como es el caso de los conservantes. Pero otros aditivos son menos interesantes y podemos decir que incluso son innecesarios desde el punto de vista de la salud y la seguridad alimentaria. Es el caso de los colorantes, aromas o potenciadores del sabor, cuya única función es la de “maquillar” el producto que nos estamos comiendo.

Cómo se vigilan los aditivos

Además, para poder ser utilizados deben cumplir con diferentes estudios toxicológicos que son re-evaluados constantemente por parte de las autoridades competentes. Por ello, no es raro que veamos cada pocos años algunos cambios en ciertos aditivos y las cantidades aptas para su utilización en la industria alimentaria.

Para regular la cantidad de aditivo que se puede utilizar, existe un parámetro llamado IDA, que hace referencia a la Ingesta Diaria Admisible. Es decir, es una cifra que se refiere a la cantidad de un aditivo concreto que podemos consumir durante todos los días de nuestra vida sin que se produzca un cambio apreciable en nuestra salud.

Esta IDA no la tienen todos los aditivos, solo aquellos que han mostrado más incertidumbre según los estudios científicos. Para ello, se aplican factores de seguridad muy grandes, por lo que las cantidades de aditivos aprobados son perfectamente seguras.

De esta forma, la seguridad de los aditivos se controla de una forma bastante amplia al contrario de lo que mucha gente piensa. Por ello, no debemos tener miedo de los aditivos. Las cantidades utilizadas son seguras. El problema es que los aditivos se suelen utilizar en multitud de ultraprocesados y productos de pésima calidad nutricional.

Aún así, entre dos productos iguales, escogería siempre el que no lleva aditivos.

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¿Por qué aparecen manchas blancas en el chocolate al guardarlo en el frigo?

Seguro que alguna vez te has preguntado qué son esas manchas blancas que aparecen en las tabletas de chocolate tras guardarlas y sacarlas del frigorífico. Incluso has podido llegar a creer que el chocolate se ha echado a perder y que ya no es apto para el consumo, es lógico por ese aspecto extraño.

Sin embargo, nada más lejos de la realidad. El chocolate que presenta estas manchas blancas es totalmente seguro y puede consumirse sin problemas para la salud. La presencia de estas manchas blancas únicamente tiene que ver con pérdidas organolépticas, y no de seguridad alimentaria.

Estas manchas blancas obedecen a dos tipos de procesos que sufre el chocolate ante los cambios de temperatura. Uno de ellos se conoce como “fat bloom”, o blanqueamiento de la grasa. Lo que sucede es que con los cambios bruscos de temperatura la manteca del cacao tiende a desplazarse hacia la superficie. Una vez que se vuelve a enfriar, esta grasa cristaliza y presenta unas manchas blanquecinas muy características que suponen una pérdida en la calidad del chocolate. Esto se produce porque durante el movimiento de la grasa del chocolate también se arrastran compuestos organolépticamente deseables, que son los encargados de dar el sabor y aroma al chocolate.

El segundo proceso que interviene durante la aparición de manchas blancas en el chocolate es el “sugar bloom”, o blanqueamiento del azúcar. En esta ocasión, cuando se producen cambios bruscos de temperatura, el agua condensa en la superficie del chocolate y forma las típicas “gotitas” que vemos en muchos alimentos tras sacarlos del frigorífico.

Esto provoca que el azúcar ubicado en la superficie del chocolate (que es la zona más expuesta a los cambios de temperatura) se disuelva por culpa de las gotitas de agua. Posteriormente, el calor hará que el agua se evapore y que el azúcar cristalice en la superficie y aparezcan las manchitas blancas típicas.

¿Cómo podemos evitar que esto suceda? Es complicado sobre todo en verano ante elevadas temperaturas que pueden provocar que el chocolate se derrita en nuestra despensa. Si estamos en un ambiente muy cálido podemos meterlo al frigorífico de la forma más hermética posible para que se conserve mejor y no capte aromas de los alimentos que tengamos alrededor, pero siempre habrá riesgo de que aparezcan estas manchas blancas. Es un mal menor, en comparación con que se derrita el chocolate.

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