Diferencia entre hinchazón e inflamación

Muchas veces existen situaciones de malestar abdominal cuyo origen es difícil de comprender para la mayoría de personas.

De ello derivan problemas abdominales que suelen venir acompañados de gases, malestar abdominal y cierta distensión de esta parte del cuerpo. No siempre se produce tras la ingestión inmediata de alimentos, sino que puede ser un problema crónico que nos afecte durante gran parte del día.

Aquí es donde podemos diferenciar entre inflamación e hinchazón, dos procesos físicos relacionados con el bienestar abdominal pero que normalmente se confunden entre sí por presentar una sintomatología muy similar.

La hinchazón suele ser un problema puntual y totalmente normal derivado de las comidas abundantes y del consumo de ciertos alimentos ricos en fibras y otros compuestos difícilmente digeribles de los alimentos, de ahí que suelan estar vinculados a la generación de gases y flatulencias.

Sin embargo, la inflamación puede tener causas detrás mucho más complejas y variadas, y su explicación suele ser más silenciosa. De hecho, el sistema inmunitario tiene mucho que ver, ya que podría estar interviniendo en estas reacciones de inflamación. La inflamación se define como un mecanismo de defensa de nuestro organismo ante ciertos compuestos que o bien no son digeribles o por otro lado nuestro aparato digestivo no es capaz de asimilar correctamente.

Es el caso de aquellas personas que padecen celiaquía, por ejemplo, existe un problema para asimilar el gluten que está mediado por el sistema inmune y que se caracteriza por una inflamación crónica del aparato digestivo en ciertas personas sensibles ante la presencia de las proteínas del gluten en la dieta.

Por ello, realmente hay una gran diferencia entre hinchazón e inflamación del abdomen, siendo la primera una sensación de estar inflado, pesado o lleno y que puede acompañarse o no de distensión abdominal (es decir, del agrandamiento del estómago habitual tras una comida). La hinchazón puede ocurrir en cualquier momento del día, sin embargo, se incrementa cuando comemos ciertos tipos de alimentos o en una gran cantidad, que puede provocar muchas molestias. Esto hace que el motivo de la hinchazón sea la presencia del gas.

Por otra parte, la inflamación es un concepto diferente asociado a una intolerancia ante ciertos alimentos y también relacionado con otro tipo de enfermedades como la celiaquía que mencionábamos antes o el colon irritable, por ejemplo. En cualquier caso, lo más importante es acudir a un especialista médico adecuado que nos ayude a obtener un buen diagnóstico para mantener a raya los posibles perjuicios de este problema.

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Diferencia entre alergia e intolerancia alimentaria

Las alergias e intolerancias alimentarias suelen confundirse de forma frecuente entre sí. Y es normal, ya que ambos tipos de dolencias tienen en común la presencia de un alimento como desencadenante del problema.

Sin embargo tienen un trasfondo muy diferente, sobre todo en relación al tipo de reacción que desencadenan en nuestro organismo tras la ingesta del alimento en cuestión.

Qué son las alergias alimentarias

Cuando hablamos de alergias alimentarias nos referimos a enfermedades causadas por componentes denominados como alérgenos, que normalmente son proteínas.

Estas proteínas son detectadas como un elemento extraño por parte de algunas personas sensibles, y ahí es donde entra en juego el sistema inmunitario para protegernos. El sistema inmunitario provoca un rechazo ante este elemento extraño, pudiendo aparecer síntomas como enrojecimiento, picazón, hinchazón e incluso parálisis de las vías respiratorias en los casos más graves.

Seguramente tengas en mente las alergias a frutos secos como las almendras o cacahuetes (que realmente son una legumbre) como unos de los más típicos por sus síntomas de reacción exagerados que pueden ser muy peligrosos para la salud, poniendo en riesgo la vida en casos extremos.

Qué son las intolerancias alimentarias

Por otro lado, las intolerancias alimentarias suelen tener un perfil más bajo que las alergias alimentarias en lo que a síntomas se refiere. Bien es cierto que no por ello son menos importantes ni debemos dejarlas en segundo plano.

Algunos ejemplos de intolerancias alimentarias son la intolerancia a la lactosa o a la fructosa. Como vemos, en este caso los compuestos responsables son azúcares simples, y los problemas suelen suceder a nivel del aparato digestivo. En una intolerancia alimentaria suele existir una mala digestión o incapacidad para digerir ciertos compuestos.

En el caso de la lactosa, el problema deriva de un déficit de la enzima lactasa, responsable de descomponer la lactosa en sus dos azúcares primarios: la glucosa y la galactosa. Las personas solemos ir perdiendo actividad de la enzima lactasa con el paso de los años, por lo que es completamente normal a la larga que las personas vayamos siendo intolerantes a este azúcar de la leche.

Por suerte, hoy en día tiene fácil solución. Actualmente tenemos en el mercado un gran número de productos sin lactosa que antes no existían, por no contar la enorme variedad de bebidas vegetales y sustitutos lácteos que permiten seguir tomando alimentos con una importante presencia cultural en nuestra dieta pero sin problemas de intolerancia láctea.

La celiaquía: dónde clasificarla

La celiaquía es un caso especial, ya que no es ni una alergia ni una intolerancia alimentaria. Normalmente se suele catalogar como una “intolerancia al gluten”, pero es incorrecto. En la celiaquía sí que interviene el sistema inmunitario, tal y como pasa con las alergias, pero sus mecanismos son muy distintos.

Por otro lado, las sustancias desencadenantes del problema de salud son las proteínas que forman el gluten, la gliadina y la glutenina. Lógicamente, se encuentran presentes en aquellos cereales que contienen gluten, como el trigo, cebada, centeno, kamut o la espelta, entre otros. Cereales como el arroz o el maíz son libres de gluten por naturaleza.

Además, existe otro problema de salud relacionado con el gluten cuya naturaleza también sigue siendo desconocida. Se denomina sensibilidad no celíaca al gluten, y de nuevo no tiene una categorización clara sobre si es una alergia o intolerancia alimentaria. Lo poco que sabemos es que algunas personas que no son celíacas ven mejorados ciertos síntomas negativos al retirar el gluten de la dieta. En su mayoría, estas personas suelen ser diagnosticadas con sensibilidad no celíaca al gluten, una dolencia que a menudo se confunde con la celiaquía y es mal diagnosticada por estos motivos.

Los 14 alérgenos de obligado etiquetado

Es normal confundir las alergias con las intolerancias alimentarias, sobre todo porque la propia legislación europea puede inducirnos a error. Me refiero a que, dentro de la categorías de alérgenos alimentarios, encontramos realmente tanto alérgenos (frutos secos o soja, por ejemplo), como compuestos que causan intolerancias alimentarias (lactosa).

Bien es cierto que esto se hace para simplificar todo y que sea más fácil de entender, pero también puede desinformar ligeramente a los consumidores en relación a la naturaleza de las diferentes enfermedades relacionadas con los alimentos.

No existe tratamiento para las intolerancias o alergias alimentarias, siendo la exclusión del alimento desencadenante del problema de salud el único remedio posible. Sin embargo, no todo es tan sencillo. También hay que tener mucho ojo con las contaminaciones cruzadas, sobre todo en personas alérgicas que pueden ser muy sensibles ante cantidades mínimas del alérgeno en cuestión.

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Trucos de seguridad alimentaria en la cocina

La cocina de nuestro hogar es uno de los rincones más especiales, ya que solemos pasar mucho tiempo en él. Precisamente, por eso, es importante que mantengamos unas buenas medidas higiénicas destinadas a evitar intoxicaciones alimentarias a través de ciertos patógenos que pueden multiplicarse en nuestra comida ante cualquier descuido.

Recuerda que los alimentos crudos sin cocinar tanto de origen animal como vegetal pueden contener microorganismos patógenos en su superficie. Por ello es importante que tomes nota de los siguientes trucos para mantener la seguridad alimentaria en la cocina.

Lavado de manos constante

Es un clásico que ya conocerás, pero hay muchísima gente que olvida lavarse las manos antes de manipular alimentos, y sobre todo después de hacerlo. Quizá esta segunda parte es la que más dudas genera, ya que muchas veces no sabemos que algunos alimentos pueden contener patógenos de forma natural.

Así es, los vegetales frescos, carne, pescado y huevos crudos pueden contener patógenos de forma natural. Por ello, es importante que lavemos nuestras manos antes y después de manipular estos alimentos y antes de tocar cualquier otro utensilio. Importante: con agua y jabón, no vale solo con agua. Si no lo hacemos, estaremos corriendo el riesgo de provocar una contaminación cruzada.

Cambia frecuentemente las bayetas y estropajos

Se recomienda renovar las bayetas y estropajos cada 7-10 días aproximadamente en nuestra cocina, aunque todo depende del uso que les des. Para un uso intensivo diario, estos serían los márgenes, pero si las usamos de forma más esporádica pueden aguantar más tiempo.

Es importante, además, que desinfectemos estos elementos con lejía de forma habitual. No es recomendable usar el microondas, horno y otros electrodomésticos para su limpieza, ya que podríamos hacerlo incorrectamente y acabar contaminando otras superficies.

Tablas de madera: cuidado con ellas

Las tablas de madera siempre son un elemento polémico durante la manipulación y preparación de ingredientes, ya que podrían favorecer el desarrollo de ciertos patógenos.

En general, se desaconseja el uso de madera como material para cortar y preparar alimentos ya que la madera es un material poroso que puede absorber fácilmente los jugos de los alimentos y contribuir a las contaminaciones cruzadas por su difícil limpieza.

Además, es más sencillo que los patógenos sobrevivan en las grietas de la madera, siendo zonas de difícil acceso. Por ello, siempre que una tabla de cortar esté visiblemente deteriorada, lo mejor será sustituirla por otra.

El material más cómodo para uso doméstico es el plástico, ya que nos permite diferenciar por colores entre diferentes tablas según el uso que le demos. Por ejemplo: tabla verde para los vegetales, azul para el pescado, blanca para ingredientes cocinados, etc.

Vigila la contaminación cruzada

Ya he mencionado la contaminación cruzada, refiriéndome a cuando ponemos en contacto alimentos crudos con otros ya cocinados a los que pueden llegar ciertos patógenos. También se usa comúnmente el término “contaminación cruzada” para referirse a aquellos utensilios o instrumentos de cocina sucios o sin lavar que podemos manipular para, posteriormente, tocar otros limpios y así transmitir posibles bacterias patógenas.

Para evitar estas prácticas, lo mejor es separar adecuadamente los platos preparados y sobras de aquellos alimentos crudos en el frigorífico, así disminuimos la posibilidad de que entren en contacto por error.

Además de esto, incluimos recomendaciones de lavado de manos como he dicho previamente: lavar las manos con agua y jabón antes y después de manipular alimentos crudos, incluyendo también vegetales, ya que pueden contener tierras y suciedad del campo (y ahí también pueden haber patógenos).

Cocina suficiente los alimentos

Otro de los consejos básicos de seguridad alimentaria en la cocina tiene mucho que ver con la temperatura y el cocinado. Esto es debido a que las altas temperaturas (generalmente, a partir de los 65ºC durante unos 4 minutos) aseguran la destrucción de la mayoría de los patógenos. Para garantizar esto debemos lograr que el calor se reparta de forma uniforme por todo el alimento, no vale que solo se cocine por un lado. Por eso, normalmente, se toman como referencia los 65ºC en el centro del alimento.

En definitiva, si queremos garantizar la inocuidad en la cocina, será importante que cocinemos de forma suficiente los alimentos. Si estamos preparando recetas que incluyen alimentos crudos o poco cocinados, será indispensable extremar las medidas higiénicas durante la manipulación para disminuir el riesgo de intoxicaciones alimentarias.

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¿Por qué «light» no es igual a más saludable?

Hablar del etiquetado de los alimentos siempre es complicado, ya que existen muchos reclamos que generan ciertas dudas en cuanto a su utilidad en relación a la información real que proporcionan al consumidor en materia de nutrición y seguridad alimentaria.

Y es normal, ya que identificar qué información del etiquetado es correcta, cuál está regulada por la legislación y cuál no, es bastante complicado para el usuario promedio.

En el etiquetado alimentario actual encontramos mucho marketing que nos confunde y hace que no podamos separar la información verdadera de aquella que solo busca maquillar y ensalzar el producto para vender más.

Qué son las declaraciones nutricionales

Algunos de los términos que sí se encuentran regulados por la legislación son las conocidas “declaraciones nutricionales”. Estas palabras o grupo de palabras hacen referencia al contenido destacado en ciertos nutrientes que puede relacionarse con beneficios para la salud humana tras su consumo.

Algunas de estas declaraciones hacen hincapié en el contenido elevado de ciertos nutrientes, como por ejemplo “alto en proteínas” o “alto en fibra”. También encontramos otras declaraciones como “fuente de fibra” o “fuente de proteínas”, donde también se destaca el contenido del nutriente pero en menor grado.

Por otro lado, otras declaraciones nutricionales hacen referencia al bajo valor de ciertos nutrientes, normalmente relacionados con problemas hacia la salud. Estamos hablando de “bajo en grasa” o “valor energético reducido” o “sin azúcar”, entre muchos otros.

¿Y qué significa entonces “light”?

Dentro de este grupo encontramos la declaración “light”, que según la legislación equivale a la misma definición que se utiliza en la mención “contenido reducido” y debe ir acompañada de una indicación que especifique de forma exacta cuál es la característica que hace que el alimento sea “light”. Es decir, si es “light” por tener menos grasa o menos calorías, por ejemplo. Esto no debe ser confuso en ningún caso, y debe ser fácilmente identificable en el etiquetado alimentario.

¿Y qué dice exactamente la mención de “contenido reducido”? Pues, básicamente, que se puede utilizar cuando existe una reducción del 30% de un nutriente en concreto respecto a la versión original del producto a comparar. Por definición no especifica si se refiere a las calorías, las grasas u otro elemento. Por eso en la definición de “light” se nos dice que debe ir acompañado de la característica a la que se aplica dicha reducción.

¿Esto hace al producto “light” saludable?

En la práctica, un producto etiquetado como “light” suele tener un 30% menos de calorías o grasa que su versión original. ¿Y esto lo convierte en un producto saludable? Pues no necesariamente, ya que la mención “light” solemos encontrarla en patatas fritas, bollería y elementos similares, y no en frutas o verduras.

Por ello, aunque exista una reducción del 30% en el número de calorías procedentes de ingredientes insanos, el alimento o producto alimenticio seguirá siendo de una pobre calidad nutricional. Debemos fijarnos siempre en la calidad de las materias primas que componen un alimento, y no tanto en las cifras de los nutrientes o en algunos reclamos como este, que a pesar de estar regulado por la legislación europea puede llegar a confundirnos en lugar de ayudarnos a tomar decisiones de compra saludables.

En este sentido, es muy importante que identifiquemos correctamente cuáles son los productos que contienen el reclamo “light” y hagamos una valoración correcta de los mismos. Muchas veces es preferible consumir un producto insano de forma esporádica a consumir uno “light” de forma continuada en el tiempo, ya que las posibilidades de que nuestra salud empeore a raíz de su consumo serán mayores.

Este es otro de los problemas que plantean los productos “light”, la pérdida de la percepción de que el producto es igualmente insano. Bajo una falsa confianza y un halo de salud es más fácil incrementar el consumo de productos como bollería, patatas fritas o refrescos “light” sin apenas darnos cuenta, ya que creemos que son más sanos. Esto, en el cómputo global de la dieta, puede provocar que nuestro patrón alimentario sea de pésima calidad nutricional y que desplace el consumo de alimentos saludables y ricos en nutrientes como las frutas y verduras, legumbres, frutos secos, semillas, y cereales integrales.

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